Me sentía como en un día soleado y una amplia sonrisa invadía mi rostro, respiraba todo el aire del universo y lo contenía en mis pulmones olvidando compartirlo.
Sentía como si todos me sonrieran y no me importaba cantar, saltar o bailar en público, sólo sentía la felicidad de tenerlo.
Leía sus mensajes cada cinco minutos y el tiempo que no me escribía se hacía eterno.
Imaginaba nuestros los próximos encuentros y terminaba un beso... con otro beso.
Me costaba despedirme a pesar de que lo iba a ver al día siguiente. Le hablaba a todos sobre ti, me fijaba en cada detalle de tu cuerpo, quería tocarte mientras dormíamos para asegurarme que estabas allí.
Te tomaba continuamente fotos mentales y tu media sonrisa volcaba mi corazón. No te veía ningún defecto y te amaba tal cual eras. Cuando te veía la gente desaparecía y, a través de la mirada, te mostraba mi alma y admiraba la tuya.
Casi podía ver fuegos artificiales cuando me besabas y cada día que pasaba me aferraba más a ti para nunca dejarte ir.










